9.29.2007

England, 1648

Quiero contarlo ahora. De pronto me dio miedo olvidar esa historia. Porque si yo la olvido nadie podrá recordarla, y es necesario que alguien la recuerde.

1648, Inglaterra. Épocas en que cualquier joven deseaba entrar en las líneas del ejercito del rey, liderada por el gran Capitán Turner, un hombre que en años anteriores tuvo el mismo deseo y el mismo, ese mismo brillo de determinación en los ojos de estos jóvenes, deseando servir “al pueblo, y a la justicia” como decían en el ejercito.

Nadie sabía porque durante cinco años Turner no había estado a la cabeza del ejército. Nadie sabia donde había estado, ni porque se ausentó tanto tiempo. Nadie, salvo esos tres hombres que siempre lo acompañaban. Sus hombres de confianza, como el los llamaba, aquellos destinados a ayudarlo incondicionalmente. Solo ellos sabían esa historia de gran misterio, esa historia de la que se habían inventado infinitas versiones, ninguna de ellas falsa, pero tampoco cierta.

Turner era el típico caballero inglés. Un hombre fino, alto, robusto, rubio con ojos verdes, claros, brillantes, sinceros, que daban una mirada dura y severa. Pero siempre supe que detrás de esa mirada, había otra persona, otro Turner más calido y dulce, aunque siempre conservando su porte de caballero ingles.

Y yo, como hermana del rey, tuve trato con el. Un trato que desencadenó problemas, de los que me entere demasiado tarde.

Con Alex, ese era su nombre, compartí cenas, paseos, tardes en Salón Principal, desde siempre, desde los tiempos en que el estaba bajo el mando del Capitán White. Poco a poco me gané su confianza, y hasta a veces me confió sus secretos. Trabamos una amistad, y mi hermano se enfermó de celos.

Pero no era solo mi amistad con el capitán del ejercito…había algo mas, una razón mas por la que el rey de Inglaterra tenia discusión tras discusión sin fundamento con el capitán del ejercito, discusiones que no conducían a ninguna parte. Es por eso que esta noche en el Salón Principal de mármol blanco, a la luz de las velas, escribo esta historia.

Cinco años se había ausentado el capitán Turner. El rey lo había mandado al frente de batalla, en Francia, donde sabía que se corría el mayor riesgo de muerte. Pero si el rey lo ordeno, así debía hacerse. Turner era un hombre muy valiente y sobrevivió los cinco años de guerra. Cuando Turner regresó a Inglaterra, la primera persona que encontró en la puerta del palacio, fue al rey. Este, con un dejo de desdén en su voz, le dijo que le sorprendía que aun siguiera vivo. Y que jamás, bajo ninguna circunstancia, intentara acercarse a mí. Porque jamás me casaría con el vulgar capitán del ejercito inglés. Porque yo necesitaba alguien que me tratara como una dama, porque yo merecía algo mejor.

Entonces el capitán, con voz firme y un rastro de odio y dolor a la vez en sus ojos, lanzando una mirada dura, le contesto que amar a Victoria era una traición a Inglaterra, pero no amarla, era algo peor, una traición a su corazón.

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